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Cien mil aos de alternativa

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CIEN MIL AÑOS DE ALTERNATIVA

  
  
   La eternidad se dispersa por los rincones oscuros e inciertos de recuerdos errantes e inexistentes y se derrite la ilusión del tiempo congelado que no tiene fuente ni término. Se dirige la ansiedad platonica, soñando con verdades únicas y universales, a las cuevas insondables de orígenes polémicos y procedencias confusas, donde bailan las sombras imperceptibles de lo verdadero desconocido. Y luego asciende hacia la luz deslumbrante, terminando en la impotencia perpleja del desencuentro -" ¿ Qué es torear? Yo no lo se. Crei que lo sabía Joselito y vi cómo lo mató un toro". Y resuena amainándose la inmortalidad temblorosa del alma ausente de Sánchez Mejías, la inmortalidad inspirada por la muerte y sembrada en el olvido, pues el alma es la personificación de la muerte con la cual la esencia inventada de la vida eterna recuerda a la mortalidad.
   Y a lo largo del tiempo engañoso, la antiguedad fabulosa sin principio se había condensado en el arquetipo de lo Real perdido e inelucidable, en el espíritu que había sustanciado en sí la memoria de la eternidad y la ansiedad de recuperarla, en el espíritu torerísimo, inmortal y atormentado, ya que se había condenado al morir permanente, cada vez restaurando la eternidad indomable en momentos efímeros de la alucinación victoriosa. La eternidad que podia aparecerse únicamente como un reflejo asombroso en el espejo tanático y luego se esfumaba, una vez esfumada la euforia de su aparecerse anticipado. La eternidad que no hubiera existido sin sus llamas extáticas y desesperadas hacia la finalidad eterna. La eternidad en cuya existencia evanescente invariablemente creía y cuyo resuello le galvanizaba el cuerpo de sus reencarnaciones siempre que miraba a los ojos relucientes de su compañero, su rival, su enemigo, su alter ego, su asesino, el pozo de sus ansias inmortales.
   El espíritu torerísimo y tormentado no hubiera sido capaz de situar su orígen étnico ni la cronologia del inicio de su búsqueda infinita. Estaba desorientado en las espirales tormentosas del tiempo u omnipresente en las vicisitudes de todas las épocas, siempre ansioso de encontrar el reflejo de la eternidad en los espejos tanticos y nunca siendo consciente de ello. Lleno de horror y ardor, derrotaba y conquistaba al tiempo con el temple para ver la eternidad evaporarse, pasado el momento de la verdad. Era movido por una energía tan vieja como el mundo mismo, una energía que no tenía nombre, ni silueta, ni definición posible, sino que se metamorfoseaba sin cesar y cambiaba disfraces de palabras, como el río heraclítico. Surgía de las entrañas febriles de la tierra, criada en las fraguas infernales de Vulcan, refinada en los dedos niveos de su blanda esposa. Nacía de la pasión furiosa a la vida y del amor irresistible a la muerte - un amor imposible, pues requería la devoción doble e indivisible; una aventura amorosa más peligrosa, pues siempre había de afrontar a ambas amadas simultáneamente y había de seguir matndolas, reunidas en el toro - la cuajada sustancia del misterio del mundo entero, matándolas por admiración y deleite que sentía al afrontarlas. Salía del abismo imperturbable del mar y reposaba en la afonia gelida de la montaña. Emergía en la claridad omnipenetrante de la lumbre solar para diseminarse entre las partículas brillantes e invisibles del alborozo eufrico del mediodía. Centelleaba en la luminiscencia de la luna - la asesina de niños, transmitiendo la serenidad templada y la inquietud estremecida, ya que la noche es la epoca de angustia y metamórfosis. Se escondía en la escarcha del amanecer - las tinieblas de melancolía negra y añoranza secreta. Crecía alrededor al atardecer y brillaba en la luz inminente, exigiendo que comenzara la búsqueda de la eternidad. Se asomaba en el espanto y en el desasosiego royente y en los ataques del animo que cegaba, dejando la iluminación y elevándose a la sinrazón apoteósica y a la tranquilidad de los ángeles. Estaba en las flores de la amapola, en su belleza mortal y soñolienta de colores canónicos que hipnotizaban con la ilusión de integridad y adormilaban en un letargo sin sueño.
   La energía sin nombre no permitiría que el espíritu inmortal y atormentado la explicara, ya que la expresión verbal sería únicamente la réplica secundaria e imprecisa de la búsqueda. La palabra humana no podría nombrar lo Real, pues lo Real era tan evanescente y quimérico como el fantasma de la eternidad reflejada en los espejos tanáticos. La palabra quisiera eternizar el instante pero siempre sonaba enajenada de el, puesto que se refería solo a si misma y a su propia ilusión.
   El espíritu inmortal y atormentado se reencarnaba en sustancias humanas y era todos los mitos de la tierra y todos los hombres anónimos que habían sido movidos por la energía sin nombre, siempre ansiosos de encontrar el reflejo de la eternidad en los espejos tanticos. Era Teseo, que buscaba su espada bajo una roca entre los olivos e iniciaba su viaje a Creta para tomar la alternativa con el monstruo del Laberinto de manos del hilo sangriento; era Jos Toms, embriagado por la altura del cielo madrileo y por los ecos de " Torero! Torero!" - las resonancias de la eternidad que ya se estaba esfumando; era el gladiador de orgen cisalpino, ahogado por la tristeza insoportable de la plaza romana, ajena y hostil, y fascinado por el acercarse de la eternidad que ya se veía en los espejos tanticos de la arena rociada; y era el puntillero desconocido - que ya no lo conocía nadie - cuyo corazon se parta entre un asta muerta, de ahi que no tuviera tiempo suficiente para despedirse de la eternidad y entrar en ella; era el moro que fue a cazar en la sierra y nunca volvió; y era el mito de Sevilla, aún vivo pero ya inmortalizado por bronce y piedra, por la memoria antojadiza y poco fiable, pero por la misma memoria que guardaba la verdad de la Vírgen del Rocío, el mito que seguía buscando la eternidad y el encuentro con la leyenda de si mismo, el mito que lograba congelar la eternidad, conquistando el tiempo por verónicas; y era Pepe Hillo, soñando con retener del tiempo de tal modo que la imágen de la eternidad fuera alcanzable tras repeticiones reglamentadas, era Pepe Hillo, agonizando por donde la luz se cruzaba con la sombra, agotado por la inmensa soledad y asi eternizado en tajos negros que escondían la intensidad de otros colores, los colores cannicos de la amapola. Y estaba en Pozoblanco, en las arterias explotadas, cubiertas por espuma granate - "la cornada es fuerte, si...", y en el humo del cigarillo que olía al asma de Tanatos , al olvido y a la inmortalidad subsiguiente de la imágen del monstruo en blanco y negro, la imágen que escondía la intensidad de otros colores, los colores canónicos de la amapola, y estaba en el menor y el gemido triunfal de pasodoble que despertaba la sangre y hacía vibrar las venas con la alegría del gusto morado de agonía - con la tristeza que tuvo tu valiente alegría...
   La oscuridad luminosa, irracional e inalcanzable para la expresión verbal, de la energía que movía al espíritu inmortal y atormentado se podría parecer a una fe cuyos orígenes y postulados se perdían en la espesura callada de los siglos - una religión oscura, incomprensible para casi todos, pero que constituye la llama perenne, según decía Lorca. Sin embargo, no correspondería a la definición compartida de la fe, pues no podía ofrecer dioses ni ídolos ni dicotomia de bueno y malo, sino un montón de heroes sacrificados al deseo sin nombre y a una afición opaca, animada por el amor imposible. Pero era de orígen divino, pues Europa había sido fundada por Zeus - el toro blanco, el secuestrador de las vírgenes fenicias. El toro blanco, ataviado de guirnaldas, había refinado los juegos mortales de Fenicia y sus sacrificios al deseo sin nombre con el hocico de toro - el minotauro divino, el antepasado inmortal del monstruo, con el cual tomaría Teseo su alternativa el día inexistente del año olvidado, en el coso del Laberinto, de manos del hilo sangriento. Y era de orígen humano, pues el Minotauro de Creta - la belleza perversa de la naturaleza que reunía la inteligencia humana con la fiereza animal, ciega y pura - había nacido de un amor imposible, pero finalizado - de una pasión feminina oscura que tiene capacidades de fecundar el mundo y engendrar la destrucción. Y era humana, pues contena el dolor perenne e inaguantable del hombre que había sido disecado de la tierra, pero, al seguir siendo su miembro vital y sangrante, buscaba el reencuentro consigo mismo, peleándose con su soledad y saboreándola, restaurando la armonía enterrada y perdiéndola de nuevo. (Y también contenía el dolor del Minotauro, rechazado por el mundo y anhelante por devorarlo, que vacilaba entre los callejones de su hogar sin salida - la verguenza escondida y conocida por todo.) Y era del universo entero, pues anunciaba la batalla sin tregua posible con las dimensiones que constituyen la existencia - el tiempo y el espacio. Y era humana, pues incorporaba todo lo que se asoma en los rasgos de la humanidad, abandonada por la pureza de lo Real - la necesidad de engañar el deseo de la eternidad y así satisfacerlo, afeitando las réplicas de otras réplicas del toro blanco perdido.
   Y también se podría definir como una fe sin dioses, pues traspasaba al otro mundo - la definición más amplia de toda religión- al mundo del más allá del principio del placer, al cual el teórico más famoso de la oscuridad no logró encuadrar en sus esquemas elegantes, al mundo que no se sometía a la lengua humana, ni a la dialéctica de valores éticos que no permitiréan que la humanidad desapareciera, devorada por lo reprimido desahogado.
   Como no existía otro modo de expresión en el arsenal de los hombres, la energía mística y la ansiedad de la búsqueda se traducían al idioma de los mortales con el fin de inmovilizar el tiempo con normativas, reglamentos y crónicas e imponer el sentido de continuidad sobre los momentos perecederos e inaccesibles, crear una ilusión de control tras una repetición y proveer a la memoria de armas verbales para guardar las imágenes efímeras de instantes olvidados. La incertidumbre frágil de las palabras se asomaba en la inversión completa del significado al referirse a las ansias del espíritu inmortal y atormentado. De ahi que el indulto del mundo del más allá del principio del placer ya no se refiriera a su sentido usual, pues no era el perdonar por superioridad condescente o clemencia todopoderosa, sino intentaba definir lo que no se podría aclarar con un término adecuado, es decir, definir la ilusión del reencuentro con la tierra, la alegría fiera y salvaje, pero llena de respeto, temor y admiración, del minotauro, liberado para que devorara a mas reencarnaciones físicas del espíritu inmortal y atormentado, para que prolongara y repitiera el aparecerse del reflejo de la eternidad en los espejos tanáticos. La alternativa, al significar la existencia de otra opción y la posibilidad de elegir, se convertía en su antónimo, en una condena inacabable, movida por la energía sin nombre, en el pasar al mundo del más allá del principio del placer sin regreso posible, en el entregarse a la búsqueda de la eternidad. Y la verónica, con la cual los mitos congelaban la corriente del tiempo, dejaba de ser la estampa imborrable de la cara divina, transformándose en la huella ilusoria del hocico bestial, la huella que vivira despus nicamente en la memoria poco fiable, la huella que dejaba el sabor de la eternidad. Y la divisin axiomtica de sol y sombra cambiaba su sentido en este mundo oximornico - se converta en una violacin del universo heliocntrico - el sol, el receptculo de claridad y razn, se transfiguraba en el instrumento para iluminar lo que sucediera en la sombra y la sombra, en vez de la guarida del panico de sinrazn nocturna, era la escena del encuentro con la eternidad, cuya refraccin, rociada por brillos solares, se apareca en los espejos tanticos; la sombra presentaba la prueba en negro de que lo Real exista, pues marcaba la esencia de las cosas y contena los restos de la verdad esfumada.
   Las palabras no podran inspirar al espritu inmortal y atormentado en su bsqueda. Adems, lo habran engaado si hubiera credo en su capacidad de referirse a lo Real, es decir, de nombrarlo y luego desaparecer, dejando la esencia sin definicin ni sombra. Lo habran engaado de la misma manera que el, en sus reencarnaciones, engaara al toro, creando la ilusin de que exista un acuerdo armnico entre ambos. La misma palabra que pretenda abrazar y cubrir todo el mundo del ms all - el toreo, aparte de ser intraducible correctamente a ningn idioma, ejecutaba un juego sinonmico con el engao y, desde luego, era un engao de su propia capacidad de referirse a si misma y a lo que aspira a significar. Si pensara, ya habria estado muerto hace mucho tiempo, deca Hemingway de su Invencible de otra de las reencarnaciones del espritu inmortal y atormentado, en la cual ya no tena fuerza suficiente como para entregarse a sus dos amadas, pero an soaba, una antorcha por extinguirse, con la eternidad bajo la luna gelida e implacable.
   La energa que mova al espiritu inmortal y atormentado, anhelante de encontrar la eternidad, era el amalgamar increble de dos fuerzas filosficas opuestas, dos modos antitticos de atribuir un sentido a la existencia. Se podra entender en los trminos platnicos, en cuanto al contenido del anhelo, dirigido hacia fuera de las cavernas con sombras, del deseo incesante de restaurar la unidad perdida, de la bsqueda del toro idoneo, del toro blanco, regalado por los dioses, escondido por mortales y violado por la pasin feminina umbrosa que engendra agonas y fecunda la tierra. Con tal de que asi fuera (puesto que toda expresin logocntrica sera poco adecuada), se haba condenado el espritu inmortal y atormentado a la bsqueda sin fin de la idea inaccesible - el toro blanco, regalado por el dios del mar al rey cretense para que luego lo sacrificara. El toro blanco, el amante pursimo y noble de la reina y el padre de lo monstruoso, del engao, de la corrupcin. El toro blanco, la idea transcendental, con cuya sombra tomó la alternativa Teseo el día inexistente del año olvidado, a cuyas sombras mataba día tras día por amor y admiración el espíritu torerísimo e inmortal en sus otras reencarnaciones y cuyas sombras partían venas y arterias con la sangre ansiosa, hasta que Fleming sugerió un nuevo engaño para que la búsqueda continuara. Toda la eternidad pasaba en la esperanza albergada de afrontar al primer toro - al toro blanco, regalado por los dioses, y siempre vivía el espíritu torerísimo e atormentado en una sombra de perdida irrecuperable, con dudas permanentes de que hubiera existido El Toro Blanco. (Y ninguna crónica mitológica nos cuenta qué había sucedido con el toro blanco, regalado por el dios del mar al rey cretense.) Y de nuevo se reencarnaba en Teseo y buscaba su espada entre los olivos, debajo de la roca inmovible, y no la podía encontrar, pues haba varias rocas y espadas - una de oro u otra de plata, una de hierro u otra de acero, y cada una de ellas podría haber sido la unica, destinada para el toro blanco, regalado por los dioses. ¡Y qué solo estaba en esta búsqueda del albor purísimo, integro y absoluto! Se abrumaba por la música callada del toreo - el silencio espeso de la soledad, dentro del cual la ira tremendista luchaba con la altanería angélica y la ilusión de haber encontrado al toro blanco se asomaba en el reflejo de la eternidad en los espejos tanáticos.
   ... Y, traduciendo la inquietud del espíritu torerísimo y atormentado a los términos fenomenológicos, es decir, a la ausencia del toro blanco en un principio, lo encontraríamos dentro de la misma búsqueda, pero en la sombra del abismo de la nada, flotando en el vacío de desengaño. De ahi que no existiera ningún toro blanco, ni ganaderías celestiales, ni espadas bajo rocas inmovibles, ni añoranzas aletargadas del amanecer, ni llamas vacilantes de la luna abúlica. Existía el aire del crepúsculo soleado, el aire, sazonado por puros y caballos - puro sabor de la fiesta, las cámaras avariciosas, sedientas e indiferentes que pretendían finalizar lo que siempre había deseado el espíritu torerísimo - eternizar los reflejos de los espejos tanáticos - lo hacían, produciendo un diluvio prodigioso de imágenes de la eternidad grabadas en los colores canónicos de la amapola, pero violando el tiempo y retorciendo el espacio, ya que cambiaban la hondura de las líneas y los rumbos por una ficcin planimtrica. Y exista la muchedumbre sedienta y bulliciosa que rompía las taquillas y se vestía de colores de la primavera para ver el sacrificio cuyo objetivo ya no podría explicar, pero que destruía a la ilusin platnica de que el arte no era nada más que una representación pálida de la realidad y destronaba al axioma dramático de los teóricos teatrales según el cual había de suspender la incredulidad al ver espectáculos. Y había rostros distintos y diversos que quisieran participar en el sacrificio oscuro, íntimo y reglamentado por el anhelo antiguo de retener el tiempo tras repeticiones permanentes. Haba rostros de diferentes pelajes y hechuras, muy desiguales de presentacin - perfiles tallados de piedra con la que habían sido cimentados los anfiteatros romanos - los perfiles de atención ascética, seriedad vigorosa y percepción aguda; hombres con la piel de limones y azafranes - los ojos impenetrables de las esfinges extranjeras; niñas vestidas con los colores de la primavera, con los ojos de lobitas - niñas cuyos bisabuelos olvidados fueron a cazar en la sierra y nunca volvieron; hombres con las caras quemadas, con los ojos transparentes, inquietos y sorprendidos - hombres con cámaras - las máquinas para eternizar, perdidos en el templo ajeno, rodeados por ritos poco comprensibles; niños con la mirada de almendra amarga y con gracia inescrutable de movimientos - niños poseídos por el espíritu torerísimo, inmortal y atormentado, niños cuyas palabras citaba Lorca: "Ayer estuve solo en el campo y me entró de pronto una afición tan grande que me eché a llorar"; y había gente con la expresión de recelo triste, gente que permanecería en el templo, aunque fuera aguada por la lluvia o mareada por el sol - "que ya no pega tanto despues del primer toro", que siempre llevaba la amargura de verde para llorar la ausencia del toro blanco, la gente herida por el pasado inexistente, an ansiosa de contemplar la imgen de la etenidad, reflejada en la magia de cifras secretas - tres puyazos, cuatro naturales, uno de pecho - la gente desengañada, pero con ilusiones; y había gente, muy elegante y también vestida de colores primaverales, en cuyas expresiones no se veía la estampa de la eternidad ni los recuerdos arquetípicos, sino manaba la energía juvenil que no conoce el ayer ni el manana ni la luna de par en par, la energía mezclada con el aburrimiento y el interés, pero no él de la búsqueda del toro blanco - ¡Joe! ?Quánto gana este niño de diecisiete años!
   Y así la eternidad se disolvía en el aire, dejando dudas borrosas de que alguna vez hubiera existido, convirtiéndose en el vacío de la memoria, obsesionada por el pasado inexistente, asomándose en una romería esotérica a los templos donde ofrecía su sacrificio el mito de Sevilla (su Anteo), aún vivo pero ya inmortalizado por bronce y piedra, el maestro del ars moriendi, cuyas monalisas se derretían en el aire como sueños poco fiables. Y ya, al reencarnarse, el espíritu torerísimo e inmortal estaba perdiendo los recuerdos arquetípicos, mientras la lengua humana, poco adecuada para referirse a la energía antigua que le movía, le traía otros símbolos para articular su búsqueda - número de contratos, escalafón y ferias importantes, aunque a veces protestara contra las cámaras - las asesinas del tiempo y del espacio, las mentirosas apasionantes que ofrecían el sustituto planimtrico de las conquistas de la eternidad. Y a pesar de todo, transmitía la sangre de todos los siglos - la sangre vieja, espolvoreada de mitos y de mentira mítica perenne, la sangre imparable por nada salvo por la eternidad misma, la sangre que revivía las fracturas de fotografías arrugadas y los vasos frágiles de la memoria traidora, la sangre que rociaba los periódicos marchitos, las entradas ajadas, encuadradas bajo cristal, y la arena que temblaba por el viento.
   A traves de los siglos extinguidos y las rutas secretas del toro blanco, regalado por los dioses, resonaba el silencio espeso del llanto del espíritu torerísimo, inmortal y atormentado, el llanto por la eternidad ilusoria e intolerable - el tiempo de la mentira y el tiempo de la leyenda moribunda. Y se llenaba la tierra con su frenesí, porque el tiempo incontable de la eternidad nunca terminaría.
  
  
  
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